Partiendo de Kierkegaard y Deleuze, ¿qué podemos aprender sobre el "dejar ir" desde la historia de Jill y su hermana?

"But I got a feeling, wounds are healing talking on the phone."

- u + me = <3 Olivia Rodrigo

Perder a un ser querido es, sin duda, uno de los eventos más dolorosos que cualquiera de nosotros puede atravesar. No significa únicamente que una persona que amamos desaparezca para siempre, sino perder una parte esencial de nuestra propia historia y de nosotros mismos. Para algunos, aunque el dolor sea inmenso, la muerte termina convirtiéndose en un capítulo más dentro del inevitable transcurso de la vida. Para otros, en cambio, representa el derrumbe completo de su mundo: una ausencia tan insoportable que la idea de seguir viviendo sin esa persona parece imposible.

Es por esto que tanto la filosofía como la psicología han intentado responder una misma pregunta: ¿cómo convivir con una pérdida sin que esta termine consumiéndonos? No para dejar de sentir o para olvidar a quien se fue, sino para integrar su ausencia de una manera sana y honesta.

La más reciente comedia romántica de Netflix, Mensajes de voz para Isabelle, aborda este proceso desde una perspectiva bastante particular. En lugar de mostrar a Jill llorando constantemente o fingiendo que ya superó la muerte de su hermana, la película la presenta haciendo algo mucho más curioso: dejar mensajes de voz en el teléfono de Isabelle, aun sabiendo que nunca serán escuchados.

A primera vista, este comportamiento podría interpretarse como una incapacidad para aceptar la realidad o una forma de aferrarse al pasado. Sin embargo, la película parece sugerir algo distinto. Su manera de abordar el duelo recuerda sorprendentemente a la idea de la repetición desarrollada por Søren Kierkegaard y, más tarde, por Gilles Deleuze.

Pero para comprender realmente el viaje de Jill, primero debemos distinguir dos conceptos que suelen confundirse: el recuerdo y la repetición.

El recuerdo consiste en mirar únicamente hacia atrás. Es permanecer atrapado en aquello que fue y desear que el presente vuelva a ser idéntico al pasado, algo imposible y que inevitablemente conduce a la frustración y a la melancolía. La repetición, por el contrario, es mirar hacia adelante. No consiste en hacer exactamente lo mismo una y otra vez, sino en volver sobre una experiencia para otorgarle un significado diferente. Es resistirse al vacío de la ausencia utilizando la fuerza de lo vivido para construir un nuevo sentido en el presente.

Para Kierkegaard, la repetición constituye un auténtico salto de fe. Como el pasado jamás puede recuperarse, repetir significa aceptar aquello que hemos perdido, renunciar a la ilusión de poseerlo o controlarlo nuevamente y elegir reconstruir nuestra vida desde esa ausencia.

Deleuze, por su parte, sostiene que toda repetición produce diferencia. Ninguna experiencia puede repetirse exactamente igual porque quien la vive ya no es la misma persona. Como afirmaba Heráclito, "nadie se baña dos veces en el mismo río".

Eso es precisamente lo que ocurre con Jill. Nunca deja el mismo mensaje dos veces. Aunque el ritual sea idéntico, ella cambia constantemente: cambia su estado de ánimo, su manera de comprender la pérdida, las palabras que elige y la forma en que recuerda a su hermana. Sin darse cuenta, cada llamada transforma ligeramente su dolor.

Hasta aquí todo parece muy bello filosófica y poéticamente. Pero, ¿cómo puede convertirse esta idea en un verdadero proceso terapéutico?

El recorrido de Jill refleja con bastante precisión un proceso psicológico saludable: pasar de la compulsión a repetir hacia una repetición que permita elaborar el duelo.

Al principio, los mensajes funcionan como un mecanismo de defensa. Jill llama con la esperanza inconsciente de conservar el vínculo con su hermana, como si al repetir el acto pudiera recuperar aquello que perdió. Sin embargo, esa necesidad termina atrapándola en un ciclo de sufrimiento porque espera una respuesta que jamás llegará.

Con el transcurso de la cinta ocurre un cambio silencioso pero fundamental. Jill deja de llamar para intentar recuperar a Isabelle simbólicamente y comienza a utilizar el buzón de voz como un espacio donde ordenar sus pensamientos. Las llamadas dejan de ser un intento de negar la realidad y se convierten en un diario terapéutico. Al externalizar su caos interior y ponerlo en palabras, el cerebro se habitúa al dolor en cierto sentido y la intensidad de trauma disminuye. 

Y aunque resulte curioso y hasta raro, el hecho de que Wes escuche accidentalmente esos mensajes sin que ella lo sepa, le permite conocer a Jill de forma genuina. Al dejar esos registros de voz, ella habla sin máscaras, sin intentar agradar ni construir una versión idealizada de sí misma. Wes no se enamora de una imagen cuidadosamente elaborada, sino de su vulnerabilidad más auténtica. Se enamora de quien realmente es.

Esta evolución también puede entenderse desde la teoría del duelo propuesta por el psicólogo William Worden, quien sostiene que elaborar una pérdida implica cumplir cuatro tareas fundamentales.

La primera consiste en aceptar la realidad de la pérdida; comprender que quien se fue no regresará. La segunda implica procesar el dolor, no esconderlo ni fingir fortaleza, sino encontrar formas de transformarlo en algo creativo, como escribir o, en el caso de Jill, dejar mensajes de voz y cocinar.

La tercera tarea consiste en adaptarse a un mundo donde esa persona ya no está, aprendiendo a vivir de una manera distinta sin negar el valor de lo compartido. Finalmente, la cuarta implica recolocar emocionalmente al ser querido: conservar su recuerdo en un lugar seguro del corazón mientras uno vuelve a abrirse a nuevas experiencias y nuevos vínculos, sin que el miedo a volver a perder le impida conectar.

Cada mensaje que Jill deja representa justamente un pequeño desprendimiento de energía emocional. En lugar de invertir toda su vida psíquica en recordar melancólicamente el pasado, comienza a dirigir esa misma energía hacia el presente. Poco a poco, el vacío deja de ser únicamente ausencia y empieza a convertirse en el espacio desde el cual reconstruir su vida y permitirse conectar con Wes.


El baile final resume perfectamente toda esta transformación. Cuando Jill baila Dancing On My Own, la canción que compartía con su hermana, ya no lo hace intentando revivir el pasado ni aferrarse desesperadamente a él. Ahora baila como una forma de honrar lo vivido y, al mismo tiempo, reafirmar su propia existencia.

La música deja de ser el recordatorio de aquello que perdió para convertirse en un símbolo de todo aquello que aún permanece vivo dentro de ella. Ya no baila sola frente al dolor; ahora Wes comparte ese momento, no como alguien que reemplaza a Isabelle, sino como una persona que comprende el camino que Jill tuvo que recorrer para llegar hasta ahí, que la acepta y la ame tal y como es. 

Quizás esa sea la enseñanza más valiosa de la película. Sanar rara vez ocurre en aislamiento. No dejamos atrás nuestras heridas encerrándose en ellas, ni librando batallas internas por nuestra cuenta, sino permitiéndonos volver a establecer vínculos auténticos y apoyarnos en nuestro proceso. Toda recuperación necesita espacios donde podamos ser escuchados, comprendidos y aceptados sin sentir la obligación de fingir que estamos bien.

Porque al final, sanar no significa recuperar la vida que teníamos antes. Esa versión de nosotros mismos desapareció junto con aquello que perdimos. Las experiencias nos transforman, nos rompen y nos obligan a reconstruirnos desde otro lugar.

Y tal vez por eso la repetición de la que hablaban Kierkegaard y Deleuze no consiste en volver al pasado, sino en tener el coraje de seguir viviendo. Repetir es levantarse cada día, amar otra vez, volver a bailar la misma canción y descubrir que, aunque el recuerdo permanezca, quien la baila ya no es la misma persona. Por muy grande que sea la pérdida, siempre encontramos gente con quien volver a conectar y reafirmar nuestra propia existencia.