Esta nueva entrega de la saga nos hace reflexionar sobre por qué las narrativas son una parte esencial de la condición humana.


“Cada historia tiene un final, pero en la vida real, cada final es un nuevo comienzo”

- Uptown girls (2003)

A lo largo de la historia, el ser humano siempre ha buscado maneras de comprender el mundo que lo rodea, intentando encontrar respuestas en medio del caos, el misterio y la belleza de la existencia. La nueva película de Illumination, Minions y monstruos (2026), plantea una reflexión inesperadamente interesante sobre el propósito que tienen las historias en nuestras vidas.

En esta ocasión, lejos de ver a los simpáticos monos amarillos vivir toda clase de aventuras en busca del villano más malvado al que servir, seguimos a los minions James y Henry mientras intentan satisfacer un deseo muy distinto: contar historias y encontrar su lugar dentro del mágico universo del Hollywood clásico. 

Más allá de funcionar como un recurso cómico o como una excusa para llenar la película de referencias cinematográficas al cine de antaño hollywoodense, la odisea de estas criaturas amarillas nos invita a reflexionar sobre una pregunta mucho más profunda: ¿Por qué son tan importantes las historias para los seres humanos?

A primera vista podríamos pensar que el único propósito de las historias, y en especial del cine, es entretener. Hacernos pasar un buen rato, descansar, olvidarnos por un momento de nuestros problemas y disfrutar de relatos entrañables. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Las historias, ya sean cuentos, novelas, canciones, programas de televisión o películas, constituyen una de las principales herramientas que tenemos para comprender quiénes somos y cómo navegar el mundo.

Para entender el verdadero valor de una narración vale la pena acudir al célebre teórico del guion Robert McKee, quien sostiene que la humanidad intenta comprender las vicisitudes de la existencia a través de cuatro grandes caminos.

El primero es la ciencia, que busca la verdad mediante hechos observables y la lógica verificable. El segundo es la filosofía, que intenta comprender la existencia a través de la razón y el cuestionamiento. El tercero es la religión, que encuentra respuestas en la fe, lo divino y en la idea de una realidad trascendente. Finalmente están las historias, capaces de traducir la experiencia humana en emociones compartidas y conexiones universales.

Desde esta perspectiva, los relatos no son una simple vía de escape ni un pasatiempo para ocupar el tiempo libre. Las historias funcionan como auténticos mapas de supervivencia emocional que nos ayudan a trazar una dirección, encontrar una guía y construir un camino con un propósito claro. 

Cada narración, en cierto modo, es un simulador de la experiencia humana. A través de una pantalla, de las páginas de un libro o de alguien que nos cuenta una historia, aprendemos a enfrentarnos a conceptos inevitables y complejos como la pérdida, el miedo, la soledad, la injusticia o la muerte. Al mismo tiempo, exploramos el significado del amor, la amistad, el sacrificio y la esperanza sin necesidad de vivir cada una de esas experiencias en carne propia.

Quizá por eso existen historias que permanecen con nosotros durante años. Funcionan como anclas emocionales que nos recuerdan quiénes fuimos en determinados momentos de nuestra vida. Todos guardamos una película, una serie, un libro o incluso una canción que quedó inevitablemente ligada a una etapa específica de nuestra historia. No porque esas obras cambiaron mágicamente nuestra vida o nos dieron la respuesta a nuestros problemas sino porque nos ayudaron a poner en palabras aquello que todavía no sabíamos explicar. 

Las historias no solo entretienen; también nos hacen sentir comprendidos. No ofrecen recetas infalibles ni soluciones mágicas para nuestros conflictos cotidianos. En cambio, nos brindan algo mucho más valioso: el lenguaje y la empatía necesarios para comprender nuestro mundo interior.

Cuando vemos a un personaje sufrir, fracasar, enamorarse o levantarse después de una caída, entendemos que no estamos solos. Descubrimos que aquello que sentimos ya fue experimentado por alguien más, aunque solo exista en la ficción. Y es precisamente ahí donde las historias adquieren su verdadero poder: nos permiten integrar esas experiencias ajenas a nuestra propia historia de vida.

Estas ideas cobran todavía más fuerza si las observamos desde la teoría de la identidad narrativa propuesta por Paul Ricoeur. El filósofo frances sostenía que los seres humanos no nacemos con un "yo" completamente definido. Nuestra identidad no viene terminada de fábrica, sino que se construye a través del relato que hacemos de nuestra propia existencia.

Mediante este ejercicio constante de narrar, tanto al consumir historias como al contar las nuestras, tejemos un puente entre el pasado (quienes fuimos), el presente (quienes somos) y el futuro (quienes aspiramos a convertirnos). Las historias son las que otorgan continuidad, coherencia y sentido a nuestra identidad.

Cada película que vemos, cada mito que escuchamos, cada conversación significativa y cada relato que construimos sobre nosotros mismos se convierten en un pequeño ladrillo con el que edificamos nuestra personalidad y sentido de ser. No somos solo producto de nuestra propia historia, somos el resultado de cada historia que hemos consumido alrededor de nuestra vida.

Con todo esto en mente, la obsesión de Henry y James por contar historias adquiere un significado mucho más profundo. Su recorrido por el Hollywood clásico deja de ser una simple aventura nostálgica para convertirse en una metáfora de una necesidad profundamente humana: el deseo de dejar una huella en el mundo a través de los relatos. Porque, si las historias de otros han contribuido a convertirnos en quienes somos, ¿quién puede asegurar que nuestra propia historia no terminará ayudando algún día a otra persona a comprender la suya? 

Al final, quizá esa sea la enseñanza más valiosa de Minions y monstruos. Las historias no solo sirven para entretener, también nos permiten darle forma al caos, rescatar nuestra experiencia del olvido y recordar que, por más monstruoso que parezca el mundo exterior, siempre tendremos la capacidad de tomar los fragmentos dispersos de nuestra vida, convertirlos en un relato o unirlos en un guión y otorgarles un significado profundamente humano.