Que podemos descubrir sobre la identidad y las máscaras que todos portamos con la película de Kiyoshi Kurosawa.



“Una de las mayores ilusiones de la vida es creer que uno es siempre la misma persona”

- Luigi Pirandello


¿Alguna vez te has preguntado qué serías si no tuvieras el trabajo que tienes, la carrera que estudias o el rol que cumples dentro de tu familia? ¿Qué sucedería si algún día esa función social que le da identidad y propósito a tu existencia desapareciera? ¿Seguirías siendo el mismo o caminarías sin rumbo?

La película Tokyo Sonata, del director Kiyoshi Kurosawa, nos ofrece un relato sumamente crudo, pero extrañamente optimista, sobre una familia que intenta seguir adelante luego de que el padre es despedido y la aparente estabilidad del hogar se quiebra. A través de su historia y de los dilemas existenciales que propone, el filme nos enseña que la identidad no equivale al rol social que desempeñamos. A veces, encontrarnos a nosotros mismos implica perder esos papeles que tanto nos definieron.

El punto central de la cinta es la realidad de Ryuhei, el padre, quien en vez de enfrentar su desempleo, decide vestirse de traje cada mañana y salir a vagar por las calles para aparentar que aún es el gran proveedor. No lo hace por simple ego o vergüenza, sino como una forma de supervivencia existencial: si no es el sostén económico de la casa, ¿quién es realmente?

Este conflicto es fascinante por lo real que se siente. En un mundo industrializado y capitalista, el valor individual se mide por el aporte económico. El sistema moderno empuja a las personas a llenar su identidad con etiquetas corporativas para darle un propósito a sus vidas. Todo esto evoca las ideas del filósofo Byung-Chul Han, quien afirma que hemos pasado de una sociedad de obediencia a una de rendimiento, donde los individuos se autoexplotan voluntariamente creyendo que sus títulos laborales les brindan libertad, cuando en realidad solo los encadenan más a un sistema deshumanizante.

Por parte del resto de la familia se muestra un problema igual de interesante, donde los roles establecidos se van desmoronando: la madre se cansa de ser exclusivamente ama de casa; Kenji, el hijo menor, toma clases de piano a escondidas para descubrir quién es; y el hijo mayor se enlista en el ejército buscando un rumbo. Al igual que el padre, cada uno vivía bajo un libreto prefabricado, pero la crisis funciona como un catalizador que resquebraja el teatro familiar, obligándolos a transitar el doloroso pero necesario camino hacia la autenticidad.

El clímax de la cinta resulta especialmente poderoso porque obliga a los protagonistas a enfrentarse al absurdo a través de una crisis extrema. La madre vive un secuestro improvisado, el hijo mayor experimenta la crudeza de la guerra, el menor es arrestado, y el padre es descubierto por su esposa trabajando como conserje en un centro comercial, donde además se enfrenta al dilema moral de quedarse con una gran cantidad de dinero perdido o devolverlo.


Kurosawa presiona a sus personajes hasta el límite, no para que estas máscaras que portan se caigan a pedazos, sino para que vean de frente sus disfraces y decidan quiénes quieren ser realmente. Al final, la madre empatiza con su secuestrador y encuentra sentido fuera de la rutina doméstica; el hijo mayor acepta su realidad; el menor logra que apoyen su vocación musical; y el padre toma la decisión correcta al devolver el dinero, demostrando que bajo su fachada laboral habita un hombre con principios y valores.

El desenlace con el recital de piano de Kenji es sumamente bello. La música funciona como una expresión artística que hace eco del viaje familiar: no nace de la obligación ni del estatus, sino del deseo genuino. El filósofo Albert Camus, en su teoría del absurdo, afirma que nada viene predefinido, ni el sentido de la vida ni la propia identidad, sino que cada uno construye su propio significado ante lo que le rodea. Esta escena final es tan catártica y poética precisamente porque representa una victoria simbólica frente al sinsentido del mundo.

Tokyo Sonata nos recuerda que las máscaras sociales son frágiles y temporales; no debemos sostenernos únicamente de ellas ni definir nuestra existencia según cómo nos ven los demás. Vivir para mantener las apariencias solo nos deshumaniza. La verdadera identidad no se encuentra en lo que demostramos o aportamos económicamente al mundo, sino en la forma en que actuamos cuando el telón cae.