Más que un final para la serie, este filme nos hace reflexionar sobre el costo de la ambición y si puede haber redención despues de una vida de equivocaciones.

Peaky Blinders es, sin duda, una de las series más emblemáticas de los últimos años. El desarrollo de sus personajes y su historia, las actuaciones, el diseño de producción, la banda sonora y los temas que aborda la convirtieron no solo en uno de los programas televisivos más aclamados de su época, sino en uno de los referentes televisivos y culturales más visibles de la última década.

La serie estrenó su última temporada en 2022, pero cuatro años después, Netflix decidió lanzar una película que funcionara como cierre definitivo, no solo para la historia de los Shelby, sino para darle un desenlace digno a uno de los protagonistas más reconocidos y profundos de la televisión contemporánea.

Peaky Blinders: El hombre inmortal narra la historia de Tommy Shelby, antiguo líder de los Peaky Blinders, quien ahora vive retirado mientras escribe sus memorias e intenta lidiar con un pasado que aún lo persigue. Sin embargo, deberá abandonar ese retiro para ayudar a su hijo Duke frente a un simpatizante nazi que busca introducir dinero falso en Inglaterra con el fin de desestabilizar la economía.

El principal problema que enfrenta la película es estructural: al provenir de una serie, el tiempo de desarrollo del filme resulta limitado. El villano, por ejemplo, queda algo plano, ya que no se le concede el espacio suficiente para construirse como una amenaza memorable. El personaje de Duke Shelby, aunque cuenta con un arco narrativo interesante, también termina siendo más superficial de lo que podría haber sido. Además, el contexto histórico en el que se desarrolla la trama abre la puerta a temas políticos y sociales fascinantes que el filme apenas puede rozar debido a sus dos horas de duración.

Si esta historia se hubiera desarrollado como una temporada completa, probablemente habría dado lugar a uno de los mejores cierres televisivos recientes. Aun así, la película logra sostenerse como una obra sólida y efectiva.

Cumple, sobre todo, con su objetivo principal: darle un cierre a Tommy Shelby. Y no se trata únicamente de un final digno, sino de un arco de redención al personaje. Además, el filme cuenta con momentos verdaderamente memorables; entre ellos, la secuencia acompañada por la canción “Puppet”, de Antony Genn, Grian Chatten y Martin Slattery, uno de los instantes más impactantes de toda la franquicia o la despedida en la caravana al final de la película. 

Pero más allá de si se trata o no de un buen cierre, o de las limitaciones de su duración, la película vuelve a poner sobre la mesa uno de los grandes cuestionamientos filosóficos y psicológicos que siempre atravesaron la serie: el poder.

A través del personaje de Thomas Shelby, tanto en la serie como en esta película, podemos reflexionar sobre cómo el trauma alimenta la necesidad de poder. Tommy no es simplemente un mafioso ambicioso; es un soldado traumatizado que regresó de la guerra después de contemplar lo peor del ser humano. No persigue únicamente dinero, prestigio o lujos, sino que busca algo más profundo: control.

Durante la guerra, Tommy entendió que una vida podría desaparecer en un segundo, mientras el mundo seguía su curso con total indiferencia. Haber estado tan cerca de la muerte le reveló lo frágil, efímera y caótica que puede ser la existencia. Desde entonces, el poder se convirtió para él en una forma de responder a ese vacío.

Tommy busca poder porque este le permite imponer orden donde antes solo había caos. Le ofrece una estructura frente al sinsentido, una ilusión de dominio frente a un universo impredecible. El poder, en su caso, no nace de la soberbia o la ambición, sino del miedo y la angustia. Es una defensa psicológica frente al trauma y al nihilismo.

De hecho resulta interesante el impacto cultural que ha tenido el personaje. En redes sociales abundan ediciones de Tommy Shelby, frases supuestamente motivacionales y videos de gurús de autoayuda que enseñan “cómo ser frío y poderoso como Tommy”. Esta fascinación revela algo profundo: muchas personas ven en él una fantasía contemporánea de “fortaleza emocional".

Aunque la mayoría nunca ha vivido una guerra, todos hemos atravesado pérdidas, humillaciones, rechazos o momentos traumáticos. Tommy funciona como una proyección colectiva: representa la fantasía de que, pese al dolor, uno puede levantarse más fuerte, imponerse al mundo y vengarse simbólicamente de aquello que lo hirió.

El problema es que Thomas Shelby no es realmente un modelo a seguir. Más allá del glamour del personaje, Tommy es un hombre profundamente roto. Se expone constantemente al peligro porque, en el fondo, se acostumbró al ruido constante y a vivir al borde de la muerte cada día. La gente admira su frialdad, pero esa frialdad no es fortaleza: es sufrimiento congelado.

Eso no significa que no haya algo valioso que aprender de él. Podemos rescatar su resiliencia, su inteligencia estratégica y su capacidad para seguir adelante incluso después de la devastación. También podemos adoptar esta forma de vivir como si fuera el último día, memento mori cómo bien lo conocen los estoicos, porque eso nos permite apreciar las cosas sabiendo que el día de mañana no estarán y que precisamente por eso debemos valorar lo que tenemos hoy. Vivir conscientes del minuto del soldado, concentrando toda nuestra existencia en el momento, sin lamentarse por el pasado, ni angustiarse por el futuro. 

Lo que tanto Tommy Shelby como Peaky Blinders nos enseñan es que la necesidad de poder muchas veces esconde un anhelo mucho más íntimo: la de encontrar sentido. Muchas personas no persiguen el éxito, el dinero o la influencia por ambición pura, sino porque creen que así podrán llenar un vacío interno.

Y ahí radica el verdadero valor de esta película. Más allá de ofrecer un cierre narrativo, muestra que incluso alguien consumido por la violencia, la obsesión y el trauma puede intentar corregir su historia. Que siempre existe la posibilidad de redimirse, incluso después de una vida marcada por errores

Porque al final, la historia de Tommy Shelby no trata realmente sobre el poder. Trata sobre un hombre que confundió el poder con la paz y que demasiado tarde entendió que nunca fueron lo mismo.