Que nos enseña la historia de Naoko Yamada sobre el sufrimiento y la sanación


“El hombre sabio acepta su dolor, lo soporta, pero no lo agrava”

- Marco Aurelio


“Las peores jaulas son las que creamos para nosotros mismos”

- Memorias de un caracol (2024)


Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha lidiado con distintas formas de sobrellevar el dolor, el sufrimiento y, sobre todo, la culpa. Es parte de la condición humana ser imperfectos, cometer errores a lo largo de la vida. El problema no radica en equivocarnos, sino en cómo lidiamos con el peso de haber actuado mal.


Desde las religiones antiguas hasta el psicoanálisis y la psicología moderna, existe la idea del sacrificio como una forma de colmar la ira de una autoridad, ya sea la sociedad, Dios o el superyó, donde se exige que la persona sufra algún tipo de castigo para expiar el daño causado tanto a otros como a sí misma. Es casi una lógica transaccional: cometí un pecado de determinado valor, por lo tanto debo pagar con una cantidad equivalente de dolor.


El problema es que el castigo y el sufrimiento no garantizan el perdón ni la redención. No existe una cantidad exacta de dolor que una persona deba atravesar para ser perdonada. Creer que necesitamos sufrir para cambiar o para convertirnos en personas dignas de amor y de una segunda oportunidad es una idea que solo nos lastima, nos ata a patrones autodestructivos, nos aísla y nos impide ver a quienes todavía nos aman. Pero, sobre todo, nos impide sanar. De hecho, creer que debemos sufrir para sanar es precisamente lo que muchas veces nos impide hacerlo.





La película A Silent Voice, dirigida por Naoko Yamada, nos confronta con este dilema de una manera magistral y profundamente humana. El filme cuenta la historia de Ishida, un chico que, después de hacerle bullying a una compañera sordomuda llamada Nishimiya, vive consumido por el arrepentimiento y cargando con una culpa que lo lleva a intentar “redimirse” de alguna forma por sus actos.


Justamente al abordar temas como la culpa y el arrepentimiento, la película nos invita a reflexionar sobre todo tipo de dilemas y problemáticas.


Vemos cómo Ishida, junto con sus amigos, molestaba constantemente a Nishimiya por su condición, sin medir realmente las consecuencias de sus acciones ni comprender que ella solo quería sentirse aceptada, tener amigos y dejar de sentirse sola. Con el tiempo, Ishida comprende que actuó mal y, además, termina convertido en el chivo expiatorio de sus antiguos amigos. Ahora es él quien pasa a ser la persona aislada y rechazada. Esto provoca que se encierre en sí mismo, deje de relacionarse con los demás e incluso sea incapaz de mirar a las personas a la cara; todos aparecen con una “X” sobre el rostro. Ishida queda completamente solo, convencido de que la única solución es dejar de existir.


La historia toca temas sensibles como el bullying y el suicidio, pero la manera en que lo hace no solo dota de sensibilidad a estas problemáticas, sino que también ofrece una lectura profundamente humanista e incluso sanadora sobre ellas.



La película, más que cualquier otra cosa, nos enseña que la redención no es un destino al que se llega a través del sufrimiento, sino un proceso activo que transforma la culpa destructiva en responsabilidad afectiva.


El sufrimiento pasivo (creer que somos malas personas y que por eso debemos sufrir y permanecer solos) no es una forma de curarnos, precisamente porque no implica responsabilidad real. Autoflagelarnos por haber actuado mal no cambia nada; llorar eternamente por el pasado tampoco. Lo que realmente puede redimirnos es movernos hacia el presente para reparar aquello que dañamos, modificando nuestras acciones, nuestra actitud y, sobre todo, la manera en que tratamos tanto a los demás como a nosotros mismos.


Sanar no ocurre porque el pasado desaparezca o porque hayamos sufrido lo suficiente. A veces resulta más fácil permanecer en la comodidad de la miseria autoinfligida que soportar la fricción del cambio y el miedo de volver a sentir amor y conexión con otras personas. Y, sin embargo, es justamente ahí donde ocurre la verdadera sanación


Conectar con otros, quitarnos esas cadenas que nosotros mismos nos hemos impuesto y aceptar el presente con toda su imperfección es lo que verdaderamente nos libera. Porque sanar no significa castigarse eternamente por el pasado, sino aceptar que, pese a sus errores y heridas, todavía son dignos de ser escuchados, comprendidos y amados.