John Carney nos regala un retrato honesto sobre qué es hacer música.


Cuando pensamos en el uso de la música en el cine, solemos verla únicamente como un recurso estético que acompaña ciertas secuencias para aportar emoción y brindarle un valor cinematográfico más elevado del que tendría por sí sola. Pocas veces reflexionamos en el poder que tiene la música como puente y recurso narrativo, capaz de generar tanto un arco argumental como un sentido de urgencia y deseo en los personajes. 
John Carney se ha destacado justamente por eso: por contar historias donde la música sirve como el motor que impulsa la trama y brinda un espacio en el que los personajes cambian, se encuentran a sí mismos y le dan sentido a sus relaciones y al mundo en el que viven. Esto lo logra muy bien en su más reciente película. 
Letras Robadas, a pesar de no ser una obra perfecta y de tener varios desaciertos narrativos, termina siendo una película con un gran corazón. Te deja una sensación de ternura al final y realmente te hace sentir bien; es la clásica feel-good movie a la que el cineasta nos tiene acostumbrados, apoyada por una selección de canciones que se quedan grabadas en la mente del espectador.
Un punto en contra es que varios de los conflictos secundarios no se sienten del todo desarrollados y muchas escenas cruciales se resuelven de forma un tanto simplista, debido a que ciertos personajes no terminan de madurar. 
Por ejemplo, el personaje interpretado por Nick Jonas nunca termina de entenderse del todo: se presenta primero como un chico bueno en ascenso; luego, como un plagiador que se aprovechó de una estrella olvidada; después, como un artista que se siente insuficiente pero intenta cambiar; y al final, como una víctima oprimida por el sistema capitalista y comercial de la industria discográfica. 
El problema con esta inconsistencia no se debe a la actuación de Jonas —al contrario, el actor lo hace bastante bien y aporta carisma—, sino a que el guion no le permite tomar acción por sí mismo, moviéndolo solo hacia donde a la historia le conviene para forzar el avance del conflicto.Esto resalta aún más al contrastarlo con el personaje de Paul Rudd, donde radica uno de los grandes aciertos de la cinta. 


Algo que Carney siempre ejecuta con maestría es lograr que empaticemos con sus personajes a través de sus sueños, sus fracasos y la forma en que expresan su vulnerabilidad a través de las melodías. 
El personaje de Rudd no es la típica estrella amargada y resentida por el plagio; es un protagonista complejo, profundamente humano y frágil. Empatizas con él no por su rencor hacia la industria, sino porque el espectador comprende perfectamente por qué hace música, y qué significa para él el acto casi sagrado de componer y escribir canciones.
Aquí es donde se pudo haber aprovechado mejor el desarrollo del personaje de Jonas, jugando con un paralelismo del éxito mucho más profundo: mientras uno es reconocido mundialmente pero está sumido en la soledad y el miedo al olvido, el otro, a pesar de no tener el reconocimiento masivo y cargar con el ego aplastado, vive rodeado de su familia, dándole un sentido real a su vida y un significado auténtico a sus composiciones. Uno logra hallar un propósito a través del amor y los vínculos cotidianos, mientras el otro intenta llenar vacíos existenciales mediante el éxito robado.
Aun así, la obra se sostiene de forma sólida gracias a su honestidad emocional y a la innegable química de su elenco. Terminas de verla con una sonrisa, no porque la trama sea predecible o porque todos los personajes tengan un final de cuento de hadas, sino porque nos deja con un gran mensaje de redención. Este mensaje se refleja de forma orgánica en la evolución de la historia, en el arco de transformación de sus protagonistas y, principalmente, en la lírica de las canciones que interpretan, demostrando que la música sigue siendo el lenguaje más puro para sanar.