El nuevo programa de prime video ofrece una visión menos tóxica e idealizada de las relaciones y el consentimiento.

Si hubo una serie que en los últimos años se convirtió en un fenómeno entre el público juvenil gracias a sus romances, triángulos amorosos y constantes debates sobre con quién debía quedarse la protagonista, esa fue The Summer I Turned Pretty. Ahora, de la mano de la misma productora, Prime Video presenta una nueva propuesta que busca llenar el vacío que dejaron Belly, Conrad, Jeremiah y compañía.

Off Campus, basada en la popular saga literaria de Elle Kennedy, reúne todos los ingredientes necesarios para construir una historia romántica atractiva: personajes carismáticos, conflictos que separan y vuelven a unir a la pareja, malentendidos oportunos, gestos románticos, momentos de vulnerabilidad y, sobre todo, la química suficiente para que cada emoción resulte creíble.

A simple vista, la serie parece otro drama juvenil construido a partir de los clichés habituales del género: el romance falso, los polos opuestos que se atraen, el grupo de amigos inseparables y una trama que termina resultando bastante predecible. Sin embargo, donde realmente consigue diferenciarse es en la manera en que retrata a sus personajes secundarios y en cómo aborda temas tan necesarios como el consentimiento, la comunicación emocional y la influencia que tienen nuestras experiencias familiares en la forma en que nos relacionamos con los demás.

Uno de los mayores aciertos de la serie es evitar que Garrett y sus amigos sean retratados como el típico grupo de universitarios populares cuya única preocupación es destacar y ser los mejores en deportes, salir de fiesta y conquistar a cuantas chicas puedan. En lugar de eso, la historia apuesta por mostrar amistades masculinas mucho más saludables y maduras. Aquí los personajes no pasan todo el tiempo compitiendo entre ellos, ni ridiculizandose constantemente. Aquí se apoyan emocionalmente, hablan de sus inseguridades y se acompañan en momentos difíciles.

Algo similar ocurre con las relaciones románticas. La serie se aleja, al menos en parte, del clásico esquema de "la chica buena que cambia al chico problemático". En su lugar, presenta vínculos donde el crecimiento personal, la comunicación y el respeto mutuo tienen un peso importante dentro de la narrativa. Especialmente interesante resulta la forma en que se aborda el consentimiento, no como un simple mensaje moralizante, sino como una parte natural y necesaria de cualquier relación sana.

Sin embargo, como ocurre con muchas otras producciones juveniles, Off Campus tampoco logra escapar de ciertas debilidades narrativas. Aunque muchos de los temas que plantea son relevantes e interesantes, varios terminan siendo explorados de manera superficial. Algunos conflictos se resuelven demasiado rápido, otros carecen de consecuencias reales y, en ocasiones, el guión opta por soluciones excesivamente cómodas que reducen el impacto emocional de determinadas situaciones.

Esto provoca que la serie nunca termine de arriesgarse por completo. Cada vez que parece acercarse a un conflicto complejo o a una reflexión más profunda sobre las relaciones, suele elegir el camino más sencillo y convencional, limitándose a dejar una moraleja que, aunque resulte linda, no tiene mayor peso narrativo.

Aun así, Off Campus cumple con lo que promete. Es una serie entretenida, romántica y emocionalmente accesible, capaz de generar empatía por sus personajes y abrir conversaciones interesantes sobre el amor, los límites personales y la manera en que construimos nuestros vínculos afectivos.

No reinventará el género ni se convertirá en una obra imprescindible de la televisión juvenil, pero sí representa un pequeño paso hacia adelante dentro de un tipo de historias que durante años ha romantizado dinámicas problemáticas. Y solo por ofrecer una visión más sana, respetuosa y emocionalmente consciente de las relaciones, ya consigue destacar entre muchas de sus contemporáneas.