Desde una lectura psicoanalítica, los backrooms revelan algo profundo de nuestra psique.


"Las emociones inexpresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas". Sigmund Freud 

Uno de los fenómenos más interesantes e impactantes que ha surgido en internet en los últimos años es el de los Backrooms. Lo que comenzó como una creepypasta publicada en 4chan poco a poco fue ganando relevancia en sitios como YouTube, hasta el punto de que este 2026 el estudio A24 decidió llevar este universo a la pantalla grande.

Los Backrooms suelen describirse como una dimensión alterna formada por un laberinto infinito de pasillos vacíos, oficinas abandonadas y espacios extrañamente familiares. Se caracterizan por su iluminación fluorescente, paredes amarillentas, alfombras desgastadas y el constante zumbido de las luces. Lugares donde aparentemente no sucede nada y, sin embargo, producen una sensación constante de inquietud.

Pero más allá del lore, de las criaturas o de la atmósfera opresiva que rodea este fenómeno, Los Backrooms dan lugar a múltiples e interesantes interpretaciones que nos permiten comprender algo más profundo sobre la propia psique humana y, sobre todo, aquello que entendemos por miedo.

Para empezar, todo el concepto de los espacios liminales recuerda mucho a la idea de lo siniestro planteada por el psicoanalista Sigmund Freud.

Freud describía lo siniestro como una forma particular de terror que no surge simplemente de lo desconocido o de aquello que nunca habíamos visto, sino del retorno de algo que alguna vez nos resultó familiar, íntimo o cercano y que, tras haber sido reprimido, vuelve deformado. Lo siniestro aparece cuando aquello que debía permanecer oculto regresa a nosotros de una forma extraña y perturbadora. 

La propia arquitectura de los backrooms nos permite profundizar esta idea. Los espacios liminales son, por definición, lugares destinados a conectar un punto con otro: pasillos, estaciones, salas de espera, hoteles. Son sitios que existen para ser atravesados, no habitados. Por eso verlos vacíos genera una sensación extraña de desolación y soledad existencial, se transforman en escenarios de repetición infinita y aislamiento absoluto, donde lo aterrador no es la atmósfera claustrofóbica del lugar, sino la angustia a quedar atrapado con uno mismo.

A esto se suma otra característica fundamental de los Backrooms: la repetición. Cada pasillo parece conducir al mismo sitio, cada habitación parece una copia imperfecta de la anterior y nunca existe una salida clara. El miedo deja de estar en lo que vemos y empieza a aparecer en aquello que imaginamos que podría estar esperando al final del siguiente corredor.

Hay una escena de la película que ayuda especialmente a entender estas ideas. En ella, el personaje de la psicóloga recuerda su casa. Al principio vemos un hogar completamente normal, ordenado, reconocible y estructurado. Pero poco a poco la cámara desciende y el espacio comienza a deformarse, los objetos desaparecen, el color se vuelve amarillento, las ventanas dejan de existir y finalmente todo termina convertido en una típica Backroom. 

Desde una lectura psicoanalítica, la casa en esta escena funciona como un contenido manifiesto: un recuerdo que aparece ante la conciencia como algo claro, familiar y aparentemente seguro. Sin embargo, conforme la cámara desciende y el espacio comienza a deformarse, esa imagen estable empieza a fracturarse hasta volverse en un entorno inquietante e inseguro, debido a que el recuerdo en vez de procesarse, se reprimió hacia el inconsciente y ahí es donde se origina el problema.

Lo reprimido siempre retorna, pero no vuelve a la conciencia de forma directa ni ordenada, la mente lo transforma, le quita sus referentes lógicos y lo devuelve convertido en imágenes extrañas, fragmentadas y oníricas de aquello que alguna vez nos fue familiar. El hogar no desaparece: se convierte en una versión distorsionada de sí mismo.

La pérdida de ventanas, puertas y cualquier posibilidad de salida es lo que vuelve al lugar inquietante, porque ya no se trata del miedo a quedar encerrado en un lugar, sino del miedo a quedarse atrapado con los traumas no resueltos. Al vaciarse el espacio de objetos, personas y referencias externas, lo único que queda es la mente proyectando aquello que había permanecido oculto: recuerdos, emociones y miedos que nunca dejaron de existir.

Y ahí aparece algo importante dentro del pensamiento freudiano: lo reprimido nunca vuelve de forma literal.

Cuando una experiencia resulta demasiado dolorosa, conflictiva o insoportable, no desaparece; es desplazada fuera de la conciencia. Sin embargo, permanece activa y busca regresar. El problema es que no puede hacerlo directamente porque sigue existiendo una censura psíquica. Entonces vuelve transformada: a veces convertida en sueños extraños, imágenes fragmentadas, símbolos, síntomas o escenarios deformados.

De echo si lo pensamos bien, todos en cierto sentido cargamos con nuestros propios Backrooms.

Todos tenemos recuerdos que nunca terminamos de procesar, emociones que nunca nos permitimos sentir, preguntas que evitamos hacernos o versiones de nosotros mismos que preferimos mantener fuera de nuestra conciencia. Pero lo reprimido rara vez desaparece, siempre regresa. A veces como ansiedad, otras como sueños repetitivos, relaciones que seguimos eligiendo una y otra vez, errores que no entendemos por qué repetimos o una sensación constante de estar atrapados en el mismo lugar emocional.

Casi como camináramos por un laberinto donde cada pasillo parece distinto pero siempre termina llevándonos al mismo sitio.

Y quizá esa sea la enseñanza más importante que tanto el concepto como de la película nos ayuda a aprender; Salir de nuestros propios Backrooms no consiste en encontrar una puerta secreta ni en escapar corriendo. Consiste en hacer consciente aquello que permanecía inconsciente. En mirar de frente aquello que habíamos dejado encerrado y darle palabras, sentido e historia.

Porque solo cuando dejamos de huir de nuestros propios pasillos mentales es que dejan de parecer infinitos y podemos ver con claridad, sin ningún tipo de deformación, nuestros recuerdos, entender nuestra propia historia y comprender mejor quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser.