Esta película es todo lo que debio haber sido Toy Story 4.
Todos los que crecimos viendo las aventuras de Woody y sus amigos recordamos con melancolía el final de la tercera entrega de la saga. No solo porque marcaba el cierre de una historia con la que toda una generación creció, sino porque, al igual que Andy, muchos de nosotros también nos despedíamos de nuestra infancia para dar paso a una nueva etapa más madura de nuestras vidas.
Poco después, Disney, como buen experto en exprimir sus franquicias más exitosas, decidió que era buena idea hacer una cuarta película que, más que “arruinar” aquel final tan digno y definitivo, terminó ofreciendo una historia simple, artificial y carente de la esencia que había convertido a Toy Story en algo tan especial. Más que una película, se sintió como un producto diseñado para apelar a la nostalgia y vender mercancía. ¿Alguien se acuerda de Forky y de todas esas cucharas con ojos que se vendían a precios exorbitantes?
Ahora, en 2026, Disney vuelve a revivir la saga con una nueva entrega que, para sorpresa de muchos, plantea una pregunta bastante interesante e incluso necesaria si observamos el panorama tecnológico y social actual.
El principal problema de la película es que, a pesar de tener una propuesta clara y un tema bastante interesante, termina convirtiéndose en un desastre narrativo por la enorme cantidad de tramas y conflictos que intenta desarrollar al mismo tiempo. Por momentos, más que una película, parece una serie o una colección de cortometrajes tratando de coexistir dentro de una misma historia.
El regreso de Jessie a su antigua casa, los Buzz Lightyear extraviados, el romance entre Buzz y Jessie, el regreso de Woody, las inseguridades sociales de Bonnie y la aparición de Lilypad como nuevo centro de atención para los niños son ideas que, individualmente, tienen potencial. El problema está en que ninguna recibe el tiempo suficiente para desarrollarse plenamente. Muchas terminan sintiéndose apresuradas, otras parecen relleno, y algunas dan la impresión de existir únicamente para introducir nuevos personajes, mientras que varios de los protagonistas clásicos son relegados a simples secundarios dentro de su propia franquicia.
La película intenta colocar en el centro de la historia el miedo a ser reemplazados, pero al dispersar tanto su atención entre múltiples conflictos, termina perdiendo fuerza. El hilo conductor se diluye y varias subtramas acaban sintiéndose como fan service, (el regreso de Woody, por ejemplo) o como soluciones demasiado convenientes para que la historia avance, casi como si de un deus ex machina se tratase (el ejército de Buzz, por ejemplo también).
Eso sí, si hay algo que Toy Story siempre ha sabido hacer es emocionarnos. La primera película nos dio el inolvidable montaje de "Cambios extraños que hay en mí". La segunda nos rompió el corazón con la historia de abandono de Jessie. La tercera nos regaló la despedida de Andy. Incluso la cuarta tuvo momentos emotivos con la separación de Woody y sus amigos. Y esta quinta entrega, también consigue tocar fibras sensibles.
Sin entrar en spoilers, hay una escena particularmente poderosa en la que Bonnie busca a Jessie y termina enfrentándose a una dolorosa sensación de rechazo. También destaca el momento en que su madre intenta reconfortarla ante el sentimiento de no encajar con los demás. Ambas secuencias funcionan porque apelan a algo profundamente humano: el miedo a no ser aceptados y la necesidad de sentir que pertenecemos a algún lugar. Y es justamente ahí donde la película encuentra su mayor virtud.
Más allá de los juguetes, de la tecnología o de los cambios generacionales, esta nueva entrega habla sobre una inseguridad que todos compartimos en algún momento: el temor de dejar de ser importantes para quienes amamos. El miedo a ser sustituidos, olvidados o sentir que ya no tenemos un lugar.
Toy story 5 está lejos de ser la mejor película de la saga. Su narrativa es desastrosa, tiene demasiadas ideas compitiendo entre sí y varios personajes quedan desaprovechados. Sin embargo, lo que la hace destacar es que no se siente como una secuela hecha únicamente por obligación comercial. A pesar de sus errores, intenta continuar de forma orgánica una conversación que la franquicia ha mantenido durante décadas sobre el crecimiento, el cambio y los vínculos afectivos.
Porque si las primeras películas nos enseñaron que crecer implica aprender a despedirnos, esta nueva entrega nos recuerda algo igual de importante: que aunque las formas de relacionarnos cambien y el mundo avance, la necesidad de sentirnos queridos, valorados y acompañados nunca pasará de moda.


