Si tienes el estómago sensible, aléjate de esta película. Si eres fanático del gore, probablemente te des un auténtico festín.

En 1981, con apenas 21 años, Sam Raimi estrenó The Evil Dead, una de las películas más influyentes del cine de terror moderno. A pesar de contar con un presupuesto muy reducido, esta cinta revolucionó el género gracias a su creatividad visual, el uso de una cámara frenética y una historia que combinaba posesiones demoníacas, horror sobrenatural y un gore que, para la época, resultaba impactante.

Más de cuatro décadas después, la saga regresa este 2026 con Evil Dead Burn, dirigida por Sébastien Vaniček. Sin embargo, esta nueva entrega parece menos interesada en expandir el universo de los deadites o profundizar en la mitología del Necronomicón que en ofrecer un espectáculo de violencia extrema. Más que recordar a las películas clásicas de la franquicia, Burn se acerca mucho más al llamado “Nuevo Extremismo Francés”.

Películas como Martyrs o Irreversible convirtieron a este movimiento en uno de los más radicales del cine contemporáneo. Su propuesta consiste en llevar la violencia física y psicológica hasta límites difíciles de soportar para muchos espectadores, combinando imágenes explícitas, body horror y una constante sensación de incomodidad.

Evil Dead Burn toma una clara influencia de esa corriente. La película está llena de secuencias que buscan provocar una reacción visceral: asesinatos de animales, mutilaciones, apuñalamientos con objetos improvisados y toda clase de heridas gráficas que buscan impactar y revolver el estomago de los espectadores.

El problema es que la película parece confiar tanto en el impacto visual que termina olvidándose de construir una historia capaz de sostenerlo.

El guión resulta excesivamente genérico y plano. Los personajes apenas tienen desarrollo y la mayoría de sus decisiones carecen de sentido, neta es increible el poco sentido comun que hay en esta película. Hunter Doohan hace lo que puede con un protagonista escrito de forma bastante torpe, en serio es imposible empatizar con este personaje. El resto de la familia por otra parte termina siendo más irritante que entrañable. Incluso la protagonista, quien debería generar empatía por los traumas que arrastra y la difícil relación con sus suegros, nunca logra conectar emocionalmente con el espectador porque esos conflictos apenas son explorados.

Paradójicamente, la película termina cayendo en un problema muy común dentro del cine de horror extremo: cuando todo intenta impactarte, al final ya nada lo hace.

Después de una hora de mutilaciones, litros de sangre y cuerpos destrozados, el gore deja de sorprender para convertirse en una rutina. Lo que al principio genera incomodidad termina produciendo cansancio, precisamente porque detrás de cada escena apenas existe un motivo dramático que la justifique.

Esa falta de equilibrio también afecta al ritmo. La película alterna constantemente entre escenas de violencia extrema y momentos de drama familiar sobre el duelo, la soledad o los conflictos entre suegros. Ninguna de esas líneas narrativas alcanza a desarrollarse lo suficiente porque, cuando empiezan a cobrar fuerza, el guion vuelve a interrumpirlas con otra secuencia diseñada únicamente para provocar shock.

Eso sí, sería injusto no reconocer uno de los grandes logros de la película: el apartado técnico.


Los efectos prácticos, el maquillaje y el diseño de las criaturas son extraordinarios. La sangre, las prótesis y el trabajo corporal realizado sobre los actores consiguen que prácticamente todas las heridas resulten creíbles. Aunque la violencia pueda llegar a saturar, pocas veces deja de impresionar el enorme trabajo artesanal que existe detrás de cada escena.

Evil Dead Burn termina funcionando como un buen ejemplo de los riesgos que corre una película cuando decide privilegiar el impacto visual por encima de la narración. Evidentemente habrá quienes disfruten esta propuesta —al final, para gustos, colores—, pero el problema aparece cuando la violencia deja de estar al servicio de la historia y la historia comienza a existir únicamente para justificar más violencia.


Sin personajes sólidos, sin un conflicto emocional verdaderamente desarrollado y sin una narrativa que articule todo ese despliegue visual, la película acaba sintiéndose como una sucesión de escenas gráficas en lugar de una historia completa.

Más que una nueva entrega de Evil Dead, Burn parece una película que utiliza el nombre de una franquicia legendaria para ofrecer el mayor espectáculo sangriento posible. Revuelve el estómago, impresiona por momentos y demuestra un enorme trabajo técnico, pero al final deja la sensación de ser un cascarón vacío que desaprovecha el enorme potencial narrativo del universo de los deadites.