La nueva película de Fernando Eimbcke es un relato crudo, pero profundamente conmovedor, sobre el duelo y las conexiones humanas.
En 2004, Fernando Eimbcke estrenó Temporada de patos, una película que marcó un antes y un después dentro del cine mexicano contemporáneo. Su propuesta rompía con los moldes del melodrama comercial y con la tendencia a exotizar la realidad del país. En lugar de ello, apostó por una estética minimalista en blanco y negro, espacios reducidos y conflictos aparentemente cotidianos para explorar el hastío, la adolescencia y la rebeldía con un humor tan absurdo como entrañable.
Más de dos décadas después, Eimbcke permanece fiel a esa identidad cinematográfica. Moscas, su más reciente película, recupera ese mismo minimalismo visual y narrativo para construir una historia pequeña en apariencia, pero enorme en sensibilidad. Como en sus anteriores trabajos, el director vuelve a priorizar la empatía y los silencios por encima del espectáculo.
Uno de los mayores aciertos de la película es que consigue alejarse de dos tendencias que suelen dominar buena parte del cine mexicano actual. Por un lado, están las comedias que dependen casi exclusivamente del humor vulgar o de situaciones exageradamente caricaturescas. Y por el otro, se encuentran los dramas que retratan a México únicamente desde la violencia, la pobreza o el clasismo, como si el sufrimiento fuera la única forma posible de representar al país (Te estoy hablando Michael Franco).
Moscas encuentra un punto intermedio mucho más interesante y entrañable. Sin negar la dureza de la realidad, Eimbcke toma temas como la soledad, la precariedad económica, la crianza en solitario o la negligencia médica para construir un relato profundamente humano que encuentra esperanza precisamente donde parecería imposible hacerlo.
Gran parte de ese logro proviene de la decisión de narrar la historia desde la mirada del niño Cristian, interpretado por Bastián Escobar. Su perspectiva dota a la película de una ternura que transforma por completo el tono del relato. Aunque el espectador comprende perfectamente la gravedad de lo que atraviesan los adultos – la soledad de Olga, la incertidumbre económica del padre de Sebastián o el duelo que enfrenta tras la enfermedad de su esposa –, observar esos acontecimientos a través de la curiosidad y la inocencia del niño evita que la película caiga en el pesimismo absoluto.
Pero quizá el aspecto que vuelve tan especial a Moscas es que, aun retratando tantas problemáticas sociales, nunca pierde de vista aquello que mantiene vivas a las personas: los vínculos humanos.
En lugar de concentrarse únicamente en el dolor, el guión prefiere mostrar a personajes que, incluso en medio de la adversidad, siguen intentando cuidar de los demás. Son personas heridas, sí, pero también capaces de ofrecer compañía, afecto y pequeños gestos de solidaridad.
La relación entre Sebastián y su padre resulta especialmente conmovedora. Refleja a tantos padres mexicanos que hacen todo lo posible por sacar adelante a sus hijos mientras intentan brindarles tiempo, cariño y una infancia digna, aun cuando las circunstancias parecen jugar constantemente en su contra.
También resulta entrañable observar cómo Olga va derribando poco a poco las barreras emocionales que había construido para permitirse conectar con Sebastián y acompañarlo durante uno de los momentos más difíciles de su vida. Y, por supuesto, está el propio Sebastián, cuya manera de relacionarse con quienes lo rodean, desde los trabajadores del hospital hasta el niño con el que comparte una partida en las maquinitas, termina llenando la película de una profunda sensibilidad y humanidad.
Lo admirable de Moscas no radica en tener una historia particularmente compleja ni en buscar deslumbrar con grandes recursos visuales. Su fortaleza está en la precisión con la que utiliza cada uno de sus elementos narrativos y cinematográficos para construir un relato íntimo, honesto y profundamente emotivo.
Más que distraernos durante un par de horas o hundirnos en la desesperanza, la película nos recuerda la importancia que tienen las relaciones humanas cuando todo alrededor parece desmoronarse. Nos invita a valorar esos pequeños momentos de compañía que, muchas veces, son los únicos capaces de sostenernos cuando la vida se vuelve demasiado pesada.
Porque en una sociedad que parece avanzar cada vez más deprisa, donde la incertidumbre y la precariedad forman parte de la rutina cotidiana, encontrar una película que nos obligue a detenernos, apreciar lo que aún tenemos y recordar que siempre es posible seguir adelante junto a otros, resulta casi un acto de resistencia. Y quizá por eso Moscas sea justamente el tipo de película que el cine mexicano necesita más seguido.


