¿Qué representa el sentido de la vida y qué es lo que realmente nos hace humanos?
“La moralidad no existe, solo la moral”
- Hannibal
Desde que existe la civilización, los seres humanos nos hemos enfrentado a diversos dilemas sobre qué es el bien y qué es el mal, así como sobre cuál es nuestra verdadera naturaleza. ¿Somos seres buenos cuyo entorno nos obliga a actuar de manera inmoral o somos, en realidad, individuos egoístas que simplemente fingimos comportarnos correctamente para mantener la cohesión y la armonía social?
Sea cual sea la respuesta, es innegable que, como seres racionales, pero también sintientes, necesitamos ciertas estructuras e intuiciones morales que nos permitan convivir con los demás, pero también con nosotros mismos. Sin embargo, ¿qué sucede cuando estas estructuras se vuelven visibles por su propia fragilidad? ¿Qué ocurre cuando descubrimos que quizá el verdadero problema no consiste en determinar qué es bueno o malo, sino en comprender por qué los seres humanos necesitamos asignarles un valor y un significado a las cosas que nos rodean?
Monster, obra de Naoki Urasawa, nos coloca en el centro de estas reflexiones. Lo que parece ser un thriller policiaco termina convirtiéndose en una exploración constante del humanismo y de la idea de que toda vida humana posee valor frente al nihilismo y su cuestionamiento de cualquier sentido o valor intrínseco de la existencia. A través de este contraste, la obra nos obliga a cuestionar la dualidad entre el bien y el mal, a preguntarnos en qué consiste verdaderamente el sentido de la vida, qué nos hace humanos y qué tan frágiles son las estructuras que llamamos moralidad.
Uno de los aspectos que más ha trascendido de la obra y que ha convertido a Monster en un referente cultural es, sin duda, el personaje de Johan Liebert. Más allá de su personalidad, su carisma, su forma de hablar, su historia o el poder y la influencia que sabe ejercer sobre los demás, Johan resulta tan atractivo precisamente porque nos permite pensar en el concepto de la sombra.
Partiendo de las ideas de Carl Jung y relacionándolas con algunas de las reflexiones de Robert Greene sobre la naturaleza humana, ambos autores afirman que todos operamos dentro de la sociedad mediante una especie de máscara social. Esta máscara proyecta virtud, amabilidad, autocontrol, respeto y ética. Sin embargo, detrás de ella existe aquello que Jung denominó la sombra: esa parte de nuestra personalidad que contiene impulsos reprimidos, traumas, deseos, agresividad, inseguridades y aspectos de nosotros mismos que preferimos no reconocer y muchos menos mostrar a la sociedad.
Johan resulta tan perturbador no porque simplemente comprenda este concepto, sino porque parece romper por completo con la separación entre máscara y sombra. Mientras la mayoría de nosotros necesita ocultar determinados aspectos de sí mismo para convivir con los demás, Johan parece haber eliminado esa frontera. No es simplemente alguien que esconde una parte oscura detrás de una apariencia amable: es, metafóricamente, la sombra personificada caminando a plena luz del día.
Johan opera bajo la certeza de que las normas éticas pueden convertirse en construcciones extremadamente frágiles cuando son confrontadas con el miedo, el dolor, la tragedia o determinadas circunstancias. Su eficacia como manipulador radica precisamente en su capacidad para identificar esa oscuridad latente en los demás y llevarla hasta sus últimas consecuencias, haciendo que otros abandonen su fachada civilizada para convertirse en aquello que quizá siempre temieron ser.
Johan desmantela la ficción colectiva no mediante la fuerza bruta, sino demostrando lo frágiles que pueden ser los hilos que sostienen la cordura social. Al carecer aparentemente de las ataduras del remordimiento o del deseo de aprobación, Johan se mueve por el mundo con una serenidad casi sobrenatural. Como espectadores, podemos experimentar una atracción inquietante hacia él porque representa una forma extrema de libertad: la de alguien que parece no temer el juicio de Dios, de los hombres ni de sí mismo.
A contraparte de Johan se encuentra un personaje igual de fascinante precisamente por el dilema filosófico que representa: el doctor Kenzo Tenma. Su evolución desmonta la idea de que la bondad es sinónimo de ingenuidad. Tenma es empujado deliberadamente al límite de sus convicciones y colocado en escenarios donde las instituciones, la sociedad e incluso su propia conciencia podrían justificar el asesinato como un mecanismo de defensa o de justicia.
Sin embargo, su persistente negativa a convertirse en el verdugo de Johan demuestra que el impulso ético no necesariamente depende de un orden universal escrito en las estrellas, sino de una elección consciente y constante. Tenma podría convertirse en aquello que persigue, pero decide no hacerlo. Esto recuerda mucho a la frase de Nietzsche sobre la necesidad de tener cuidado al mirar dentro del abismo adquiere una fuerza particular: “quien lucha contra los monstruos debe procurar no convertirse en uno de ellos”.
Mientras Johan parece avanzar hacia la destrucción como consecuencia de su nihilismo absoluto, Tenma demuestra que el sentido de la vida puede construirse en un plano estrictamente terrenal, a través de los vínculos y de la responsabilidad hacia quienes nos rodean. No es un personaje perfectamente moral; comete errores, toma decisiones cuestionables y también se encuentra constantemente al borde de sus propias convicciones. Pero precisamente por eso resulta un personaje tan humano.
Su figura nos recuerda que la perfección moral pertenece más al terreno de la divinidad o de las figuras mitológicas y religiosas que al de los seres humanos. Lo que define nuestra humanidad no es la ausencia de oscuridad, sino nuestra capacidad de reconocerla y, aun así, elegir la empatía en un entorno que puede propiciar la destrucción. La decisión de Tenma de no transformarse en el monstruo que combate representa, entonces, una de las últimas líneas de defensa de nuestra humanidad.
Pero lo más interesante de Monster no se encuentra únicamente en su historia, sus personajes, su intriga o su animación. Lo verdaderamente fascinante es el conflicto existencial que se expone a través de Kenzo Tenma y Johan Liebert. Lo importante de ellos no es solamente su personalidad, su forma de hablar o sus acciones, sino la manera en que conciben la vida, las relaciones humanas y la existencia misma.
Tenma claramente representa el humanismo: el valor de la vida humana, el bien común, el altruismo, el deber y la responsabilidad hacia los demás. Johan, por otro lado, representa el nihilismo, el vacío existencial, la oscuridad humana y la fragilidad de las estructuras sociales y morales.
La constante confrontación entre estas dos posturas no solo desencadena el conflicto principal de la historia, sino que nos lleva hacia una pregunta mucho más profunda y, al mismo tiempo, inevitable: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿La existencia posee un sentido intrínseco o somos seres condenados a vagar por el mundo bajo la ilusión de que existe algún propósito?
Sin que esto tenga que sonar completamente pesimista, si lo pensamos desde una perspectiva fría, todos, sin excepción, somos insignificantes frente a la inmensidad del universo. No importa nuestra posición social, nuestros logros, nuestro dinero o aquello que consigamos construir durante nuestra vida. Frente a una escala temporal y espacial tan gigantesca, nuestras existencias son extraordinariamente pequeñas. Sin embargo, eso no significa necesariamente que la vida carezca de valor.
Las cosas adquieren sentido porque los seres humanos somos capaces de otorgárselo. Mediante la educación, la experiencia, los vínculos y las estructuras sociales construimos significados que nos permiten orientarnos dentro de una existencia que, por sí misma, no nos entrega respuestas sencillas. Nuestra psique parece tener dificultades para convivir con el vacío absoluto y la angustia existencial.
Si analizamos la existencia desde una perspectiva puramente materialista y cosmológica, esta fragilidad se vuelve evidente. Ante la inmensidad de un universo indiferente, las grandes tragedias de la historia humana como los genocidios, las guerras mundiales, pero también nuestras construcciones más elevadas como la religión, la filosofía, el arte y el amor no alteran el curso del cosmos. El universo no parece detenerse para llorar nuestras pérdidas ni celebrar nuestros triunfos.
Y precisamente ahí es donde el nihilismo encuentra una de sus conclusiones más tentadoras: si somos partículas efímeras en un tiempo prácticamente inconcebible, si nuestras acciones desaparecerán con nosotros y si el universo no parece otorgarles ningún valor objetivo, entonces podría parecer que nada importa realmente.
Pero el existencialismo propone otra posibilidad. La respuesta ante la ausencia de un sentido universal no tiene por qué ser la apatía. Puede ser, precisamente, la construcción consciente de un sentido propio. Aunque el tiempo termine borrando nuestras huellas y la humanidad misma está condenada algún día a desaparecer, eso no vuelve insignificante aquello que experimentamos mientras estamos aquí.
Resistir ante la hostilidad del vacío, construir un sentido propio de la vida, tener una brújula que dirija nuestra existencia y decidir amar y cuidar a los demás a pesar de saber que todo es efímero puede convertirse en nuestra forma de oponernos a la angustia existencial. La identidad, la memoria y los vínculos que formamos con los demás se convierten así en nuestros escudos frente al absurdo.
Y es precisamente aquí donde Monster adquiere una dimensión todavía más interesante. La obra nos obliga a abandonar las definiciones simplistas del bien y del mal. Las acciones de la naturaleza, por sí mismas, no parecen poseer una carga moral; somos los seres humanos quienes interpretamos los acontecimientos y les otorgamos categorías como “bueno”, “malo”, “justo” o “injusto”.
Por eso, los extremos absolutos difícilmente pertenecen al ámbito de lo humano. Una persona completamente benévola pertenece más al terreno de los relatos divinos y religiosos que al de nuestra experiencia cotidiana. De la misma manera, alguien completamente entregado a la crueldad termina siendo descrito como un “monstruo”, precisamente porque comenzamos a considerarlo ajeno a aquello que entendemos como humanidad.
Ser verdaderamente humano implica reconocer la coexistencia de nuestra parte luminosa y nuestra sombra. No se trata de eliminar una para conservar la otra, sino de reconocer que ambas forman parte de nosotros y que existe una tensión constante entre ellas. Encontrar un punto medio no significa ser tibio, neutro, ni permanecer indiferente ante el mal o el bien. Significa asumir que la oscuridad existe dentro de nosotros y, aun así, elegir qué hacer con ella.
Al final, Monster nos deja una reflexión existencial profunda: quizá la moralidad sea, en parte, una construcción humana y quizá el universo permanezca completamente en silencio ante nuestras tragedias. Pero eso no vuelve inútiles nuestras decisiones. Porque si el universo no nos entrega un sentido predeterminado, entonces somos nosotros quienes tenemos la posibilidad de construirlo.
Elegir la esperanza cuando resulta más sencillo caer en la apatía. Elegir la dignidad cuando nadie parece estar mirando. Elegir la empatía cuando el mundo nos ofrece razones para volvernos indiferentes. Elegir cuidar a otra persona aun sabiendo que algún día ambos desapareceremos. Quizá eso sea, precisamente, lo que significa ser humano. No la ausencia de monstruos dentro de nosotros, sino la capacidad de mirarlos de frente y decidir que no serán ellos quienes nos definan.

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