La película de Chantal Akerman nos hace replantearnos la forma en que entendemos las relaciones y los riesgos de convertir el amor en una prisión paranoica.
“En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”
- Eric Fromm
“Aquel que quiere ser amado, debe querer la libertad del otro, porque de ella emerge el amor; si lo someto, se vuelve objeto, y de un objeto no puedo recibir amor”
- Jean Paul Sartre
Cuando pensamos en el amor y las relaciones de pareja, solemos imaginar a dos personas que se conocen mejor que nadie en el mundo. Parejas que, gracias a los años compartidos, las conversaciones interminables y la cotidianidad, llegan a conocer casi cada rincón del otro. Sin embargo, esta idea suele olvidar algo fundamental: incluso cuando encontramos al amor de nuestra vida, seguimos siendo individuos. Conservamos una intimidad que merece ser respetada, no solo en forma de tiempo y espacio para nosotros mismos, sino también como una parte de nuestra identidad que decidimos no compartir con nadie.
Lejos de ser una postura egoísta o contradictoria, reconocer esa individualidad es indispensable para construir relaciones sanas. Ignorarla puede transformar vínculos que comenzaron siendo recíprocos y afectuosos en relaciones posesivas, donde la necesidad de conocer absolutamente todo del otro termina convirtiéndose en el deseo de controlar incluso sus pensamientos y deseos. La Captive, de Chantal Akerman, retrata precisamente cómo la obsesión por alcanzar un conocimiento absoluto termina destruyendo el amor.
La película muestra cómo Simon vigila constantemente a su pareja, Ariane. Su miedo aparente a que ella pueda sentirse atraída por otras mujeres, lo lleva a controlar cada aspecto de su vida. No solo intenta saber dónde está o con quién habla; busca incluso gobernar aquello que ella puede sentir y desear.
Paradójicamente, esta actitud termina convirtiéndose en una prisión para ambos. Ariane pierde su libertad porque vive bajo una vigilancia constante, pero Simon también deja de ser libre. Toda su existencia comienza a girar alrededor de la ansiedad de vigilar y confirmar aquello que nunca podrá controlar por completo.
Aquí aparece una de las ideas filosóficas más interesantes de la película: la dialéctica del amo y el esclavo. En esta relación ninguno de los dos posee una verdadera libertad. El esclavo permanece encadenado, pero el amo tampoco puede abandonar la cadena porque necesita sostenerla para seguir siendo amo. Ambos quedan definidos por el otro. El esclavo sólo existe como esclavo porque alguien lo domina; el amo únicamente puede ser amo porque tiene a alguien sobre quien ejercer su dominio. Ninguno alcanza una auténtica individualidad.
Esta dinámica dialoga con una de las reflexiones centrales de Erich Fromm en El arte de amar. Para el filósofo y psicoanalista alemán, el amor auténtico nunca puede surgir de la posesión, porque poseer implica convertir al otro en un objeto destinado a satisfacer nuestras propias necesidades. Amar, en cambio, significa reconocer la libertad y la autonomía de la otra persona, incluso cuando esa libertad nos obliga a aceptar la incertidumbre y el riesgo de perderla. Simon no ama a Ariane; necesita apropiarse de ella para calmar sus propios miedos. Su obsesión por vigilar y conocer cada rincón de su intimidad no nace del afecto, sino de la ansiedad de controlar aquello que jamás podrá pertenecerle por completo.
La obsesión de Simon por conocer absolutamente todo sobre Ariane también plantea una pregunta mucho más profunda: ¿es necesario conocerlo todo de la otra persona para amar de verdad? ¿Puede existir un amor auténtico incluso cuando permanecen aspectos del otro que nunca llegaremos a comprender del todo?
Aquí conviene hacer una distinción fundamental: una cosa es conocer al otro y otra muy distinta es consumirlo.
Conocer implica reconocer y respetar la alteridad. Significa aceptar que la otra persona constituye un mundo distinto al nuestro, escucharla, comprender su historia, valorar quién fue, quién es y quién desea llegar a ser, sin intentar moldearla según nuestros deseos.
Consumir, por el contrario, significa utilizar al otro para satisfacer necesidades propias. El otro deja de ser una persona para convertirse en un medio que debe llenar vacíos, responder expectativas y alimentar nuestro narcisismo y cuando deja de hacerlo, simplemente se reemplaza, como quien reemplaza un producto viejo, por una nuevo.
Ojo, eso no significa que el misterio deba sustituir al conocimiento. También es necesario conocer profundamente a quien amamos. Si todo permanece oculto, entonces no nos enamoramos de la persona real, sino de la imagen que construimos sobre ella. La ignorancia alimenta la idealización con la misma facilidad con la que el exceso de control alimenta la posesión.
Quizá el amor maduro consista precisamente en encontrar ese equilibrio. Conocer lo suficiente para evitar idealizar, pero respetar aquello que jamás podremos conocer por completo. Y esa es, probablemente, la mayor enseñanza de La Captiva. Cuando intentamos eliminar por completo el misterio del otro, el amor termina convirtiéndose en una prisión donde ambos dejan de ser libres. La transparencia absoluta no fortalece el vínculo; muchas veces lo asfixia.
Amar no significa saberlo todo. Significa conocer profundamente a la otra persona sin intentar poseerla, aceptar que siempre existirá una parte de ella que permanecerá únicamente suya y comprender que, lejos de debilitar el amor, ese pequeño misterio es precisamente lo que permite que siga existiendo.




