Si disfrutaste de la química entre Olivia Wilde y Seth Rogen en The Studio, este filme es para ti.
Las películas que se desarrollan en espacios reducidos, por lo general, se sienten más como piezas teatrales que cinematográficas. Esto se debe no solo a que priorizan las actuaciones y los diálogos, sino a que aprovechan conflictos mínimos o cotidianos para explotarlos al máximo con los menores recursos posibles.
La nueva película de la actriz y ahora directora Olivia Wilde sorprende justamente porque, en apariencia, intenta ser la típica comedia de una pareja que organiza una cena, intentando que sea perfecta para conocer a sus vecinos y causar una buena impresión. Sin embargo, la cinta rompe este molde tradicional, pues nos entrega una obra hilarante sobre las crisis de pareja, el poliamor, el miedo a la vulnerabilidad que implican las relaciones abiertas y el inevitable desgaste del afecto y el vínculo con el paso de los años.
Por otra parte, Edward Norton y Penélope Cruz, aunque no brillan tanto, hacen un trabajo bastante digno. No poseen la chispa de los protagonistas, pero logran entretener. Lo mejor de sus personajes es que inicialmente se presentan como el matrimonio perfecto y de mente abierta, pero pronto revelan su faceta más imperfecta al sacar a la luz sus propios conflictos internos.
El punto más débil de la cinta radica, justamente, en la subtrama de Norton y Cruz. Mientras que con Wilde y Rogen conocemos a fondo sus matices, contradicciones y arcos dramáticos, de los vecinos sabemos muy poco. Carecen de la profundidad psicológica de los coprotagonistas. Solo se nos revela que llevan poco tiempo juntos, algunos detalles de sus ex parejas y sus roces de pareja, pero todo de forma muy superficial.
A esto se suma un ritmo un tanto irregular. La película está convencida de querer ser una sátira hilarante, pero por momentos intenta ser demasiado dramática; un recurso comprensible para dar trasfondo, pero mal ejecutado en el desenlace. El acto final busca una resolución sumamente dramática que se siente forzada, transformando la ingeniosa comedia que se venía construyendo en una densa sesión de terapia para la que el público no estaba preparado.
Pero a pesar de estos tropiezos en cuanto al trasfondo de algunos personajes y del ritmo en el tercer acto, The Invitation funciona como una redención para Olivia Wilde tras el tropiezo crítico de su nada polémica cinta Don't Worry Darling. Al final, la película se sostiene gracias a su efectividad cómica. No se limita a buscar la risa fácil, sino que logra que el espectador conecte con la vulnerabilidad de sus personajes, retratando las complejidades afectivas de la actualidad desde una perspectiva tan ácida como entretenida y real.

