El filme protagonizado por Sunny Madeline Sandler nos regala un retrato emotivo sobre el duelo.
Las películas sobre personas con enfermedades terminales han sido objeto de numerosas críticas. Algunos defienden este tipo de historias como dramas efectivos que, a través de sus relatos y las actuaciones de sus intérpretes, consiguen transmitir lo que significa enfrentarse a una situación semejante. Otros, en cambio, consideran que este género suele reducirse a simples películas diseñadas únicamente para provocar una lágrima fácil, acompañadas de guiones pobres, personajes superficiales y conflictos manipuladores.
Sea cual sea nuestra postura frente a este tipo de cine, resulta difícil permanecer completamente indiferente ante estas historias. Representan una experiencia que cualquiera de nosotros podría enfrentar en algún momento de su vida y que, sin duda, puede convertirse en una de las experiencias más dolorosas que podemos atravesar.
La nueva película de Julia Hart justamente se adentra en ese territorio.
Protagonizada por Sunny Madeline Sandler, No se desea buena suerte cuenta la historia de Sophie, una adolescente que recibe la dolorosa noticia de que su madre ha vuelto a recaer de cáncer. Sin embargo, la película decide no centrarse únicamente en la enfermedad y el drama familiar. En su lugar, construye un coming of age alrededor de temas como el duelo, la aceptación, la familia, el amor, la adolescencia y, especialmente, el arte como una forma de encontrar una voz propia.
Las actuaciones, aunque no son particularmente sobresalientes, cumplen con eficacia y consiguen transmitir la emoción necesaria. Sunny Sandler ofrece una interpretación que evita convertir a Sophie en la típica adolescente cuya única característica consiste en tener que enfrentarse al cáncer de su madre. Aquí encontramos a una joven con sus propios miedos, inseguridades y deseos, que intenta encontrar su lugar y construir una identidad propia a través del teatro.
Su conflicto, por lo tanto, no consiste solamente en aprender a aceptar la posibilidad de perder a su madre, sino también en descubrir quién es ella cuando el mundo que conocía comienza a cambiar.
Melanie Lynskey, por su parte, también logra alejarse del arquetipo de la madre enferma cuya única función es hacer llorar al espectador. Su personaje es una mujer que no solamente tiene miedo de morir, sino también de lo que ocurrirá con su familia cuando ella ya no esté.
La angustia de abandonar a su hija termina siendo incluso más dolorosa que la propia enfermedad. Esto se percibe especialmente en la relación que mantiene con Sophie. La química entre ambas funciona bastante bien y hay momentos en los que la película consigue transmitir su conflicto sin necesidad de recurrir a grandes discursos. El simple hecho de que la madre no pueda asistir a la obra de su hija, por ejemplo, concentra buena parte de esa frustración: quiere acompañarla en uno de los momentos más importantes de su vida, pero su propio cuerpo se lo impide.
Además, el ritmo pausado y el uso de silencios permiten que el drama no dependa exclusivamente de las actuaciones. La película construye una atmósfera contenida donde el dolor muchas veces se encuentra precisamente en aquello que los personajes no dicen o son incapaces de decir.
El principal problema de No se desea buena suerte, sin embargo, se encuentra en su guión. Al terminar la película sientes la emoción y la catarsis que atraviesan sus personajes, pero una vez que ese sentimiento desaparece, comienzan a surgir algunas dudas sobre la construcción narrativa.
La película plantea varios conflictos alrededor de Sophie que parecen importantes para su desarrollo, pero que terminan siendo explorados de manera demasiado superficial. Su inseguridad dentro de la obra, su atracción hacia algunos compañeros de teatro, el interés romántico que uno de ellos desarrolla por ella y, especialmente, la relación con su amiga y su novia son elementos que se presentan como posibles caminos para profundizar en la protagonista, pero que nunca terminan de desarrollarse completamente.
Esto provoca que, aunque comprendamos el dolor de Sophie, su transformación no resulte tan evidente como podría haber sido. La película, sí, consigue mostrar cómo atraviesa el duelo, pero no siempre consigue mostrar con la misma claridad cómo ese duelo la transforma.
Pero a pesar de sus problemas de guión, No se desea buena suerte consigue sostenerse gracias a sus actuaciones, su sensibilidad y los temas que aborda. La manera en que experimentamos el duelo, los conflictos familiares que surgen a partir de una enfermedad, el impacto que una tragedia puede tener durante la adolescencia y la posibilidad de transformar el sufrimiento en una expresión artística son elementos con los que resulta sencillo conectar.
Y justamente por eso la película funciona mejor cuando deja de intentar ser un drama sobre una enfermedad terminal y se convierte en una historia sobre crecer cuando la vida te obliga a hacerlo demasiado pronto.




