¿Qué podemos reflexionar con el filme protagonizado por Morgan Freeman y Florence Pugh sobre la redención y la responsabilidad frente a la tragedia?


"A veces arreglar tus relaciones es una forma de arreglarte a ti mismo"

- Betterman (2025)


"La compasión es la base de la moralidad"

- Arthur Schopenhauer

A lo largo de la historia, los seres humanos hemos desarrollado leyes, normas y códigos morales para mantener la armonía, el orden y la cohesión social. Prácticamente desde el inicio de la civilización ha existido la ética como una forma de regular nuestras acciones y establecer aquello que consideramos correcto o incorrecto. Sin embargo, detrás de esta búsqueda por construir una sociedad moral existe una idea que puede resultar problemática: la creencia de que ser una buena persona significa mantener una especie de pureza moral intacta, cuando la realidad es mucho más compleja.

Los seres humanos somos criaturas imperfectas, limitadas y en constante transformación. Pensar que ser moralmente bueno significa actuar correctamente en todo momento es establecer un ideal prácticamente imposible de alcanzar. Todos cometemos errores, ya sea por falta de información, inmadurez, cansancio, miedo o simplemente por impulsos que no supimos controlar. Nadie nace sabiendo exactamente cómo ser una buena persona; aprendemos a serlo a través de nuestras experiencias, nuestros errores y las consecuencias de nuestras decisiones.

El problema aparece cuando alguno de esos errores modifica la manera en que percibimos nuestra propia identidad. Hay experiencias capaces de hacernos creer que aquello que hicimos no solamente fue una equivocación, sino una prueba definitiva de que somos personas indignas de amor, perdón o felicidad. Es entonces cuando la culpa puede transformarse en algo mucho más destructivo.

A Good Person precisamente nos confronta con este dilema. La película nos cuenta la historia de Allison, una joven que cae en un ciclo de adicción y autodestrucción después de provocar un accidente automovilístico en el que mueren la hermana de su prometido y su esposo A partir de esta tragedia, Allison se convence de que su error la ha convertido en una persona imperdonable. 


La película, por lo tanto, parte de una pregunta incómoda pero profundamente humana: ¿Qué ocurre cuando dejamos de pensar que hemos hecho algo malo y comenzamos a creer que nosotros mismos somos malos?

Aquí aparece una distinción fundamental entre culpa y vergüenza.

Mientras que la culpa se concentra en la acción: “Hice algo malo”. La vergüenza, en cambio, ataca directamente a la identidad: “Soy una mala persona”. La primera puede conducirnos a reparar el daño; la segunda puede convencernos de que ya no existe nada que podamos hacer para cambiar.

En este sentido, la culpa no es necesariamente un sentimiento negativo. De hecho, posee una función social importante. Nos permite reconocer que nuestras acciones tienen consecuencias sobre los demás y puede impulsarnos a reparar aquello que hemos dañado. El problema surge cuando deja de ser una herramienta para reflexionar y se convierte en una forma permanente de autocastigo.

Podemos hablar entonces de una culpa adaptativa y una culpa destructiva. La primera nos permite reconocer nuestros errores, asumir responsabilidad y modificar nuestra conducta. La segunda nos mantiene atrapados en el pasado, repitiéndonos constantemente que merecemos sufrir por aquello que hicimos.

Allison cae precisamente en esta segunda forma de culpa. Después del accidente, no solamente pierde sus relaciones, su proyecto de vida y su estabilidad emocional; también comienza a construir una identidad alrededor de su propio sufrimiento. Se convence de que aislarse, consumir drogas y destruir su propia vida son una especie de castigo que debe cumplir por aquello que ocurrió.

Pero existe una paradoja: castigarse indefinidamente no devuelve a los muertos ni repara el daño. Y es aquí donde comienza realmente el viaje de redención de Allison. Para sanar no necesita convencerse de que el accidente nunca ocurrió ni tampoco encontrar una manera de borrar el pasado. Necesita aceptar que ocurrió, reconocer su responsabilidad y aprender a vivir de una manera distinta a partir de esa experiencia.

Esta diferencia es fundamental: redimirse no significa dejar de ser responsable del pasado, sino dejar de permitir que el pasado determine absolutamente todo nuestro futuro.

El proceso de Allison demuestra además que la recuperación difícilmente puede realizarse en completo aislamiento. Al reencontrarse con Daniel, su antiguo suegro, ambos descubren que comparten una herida que ninguno ha sabido procesar completamente. La relación entre ellos comienza siendo incómoda y dolorosa, pero poco a poco se transforma en un espacio donde ambos pueden confrontar aquello que llevan años evitando.

La reconciliación, por lo tanto, no aparece como un simple acto de pedir perdón. No basta con pronunciar las palabras correctas. La verdadera reparación requiere tiempo, responsabilidad y acciones consistentes que demuestren un deseo genuino de cambiar.

Esta idea puede relacionarse con el utilitarismo de John Stuart Mill. Esta corriente filosófica propone que la dimensión moral de nuestras acciones no depende únicamente de nuestras intenciones, sino también de sus consecuencias sobre el bienestar de los demás. Bajo esta lógica, el sufrimiento autoinfligido de Allison no tiene ningún valor reparador por sí mismo. Destruirse no ayuda a las personas que sufrieron las consecuencias del accidente. Lo que sí puede tener un valor moral es transformar ese sufrimiento en acciones que contribuyan al bienestar de otros.

Esto es precisamente lo que comienza a ocurrir cuando Allison se involucra en la vida de Daniel y de su nieta. Al acompañarlos en sus propios procesos de duelo y dolor, deja progresivamente de utilizar su culpa como una forma de castigarse y empieza a convertirla en una motivación para cuidar y acompañar a los demás. No puede devolverle la vida a quienes murieron. No puede cambiar aquella noche. Pero sí puede decidir qué clase de persona será después de ella.

Aquí también resulta pertinente mencionar a la filosofía de Viktor Frankl. Para Frankl, incluso frente a circunstancias que no podemos modificar, permanece una dimensión fundamental de libertad: la posibilidad de decidir qué actitud adoptamos frente a aquello que nos ha ocurrido. El sufrimiento no necesita ser glorificado ni considerado bueno para adquirir un sentido; lo importante es qué hacemos con él.

Allison no puede cambiar la tragedia, pero sí puede decidir qué hará con los fragmentos que quedaron después de ella. Y quizá esta sea una de las ideas más importantes de la película: la redención no consiste en demostrar que nunca fuimos capaces de hacer daño, sino en demostrar que somos capaces de aprender de aquello que hicimos.

Por supuesto, esto no significa que todo pueda perdonarse automáticamente ni que cualquier daño pueda solucionarse simplemente con buenas acciones. La responsabilidad exige reconocer las consecuencias de nuestros actos y comprender que algunas heridas jamás desaparecerán completamente. El objetivo no es convertir el pasado en algo menos grave de lo que fue, sino impedir que ese pasado condene también todo aquello que todavía podemos construir.

Esto nos conduce a una pregunta todavía más profunda: ¿Qué significa realmente ser una buena persona?

Podríamos pensar que significa actuar correctamente siempre, jamás hacer daño y mantener una brújula moral perfectamente intacta. Sin embargo, este ideal resulta imposible precisamente porque somos seres humanos.

Una persona buena no es necesariamente aquella que nunca se equivoca. Es aquella que puede reconocer cuándo se equivocó, asumir las consecuencias y tratar de actuar de una manera diferente. La virtud, entonces, no se encuentra en la ausencia absoluta de errores, sino en nuestra capacidad para responder y responsabilizarse ante ellos.

También existe otra paradoja en la culpa autodestructiva: aunque aparentemente se dirige únicamente contra nosotros mismos, termina afectando a las personas que nos rodean. Nuestro deterioro también puede convertirse en una fuente de sufrimiento para quienes nos quieren. Cuidar de nosotros mismos, por lo tanto, no siempre constituye un acto de egoísmo; en determinadas circunstancias también puede ser una forma de responsabilidad y de amor hacia los demás.

Aprender a sanar, pedir ayuda y abandonar progresivamente aquella versión de nosotros mismos que nos destruye puede convertirse en una manera de preservar los vínculos que todavía tenemos.

Por eso el viaje de Allison resulta tan interesante. Todos hemos cometido errores de los que nos arrepentimos. Algunos probablemente continúan dando vueltas en nuestra cabeza mucho después de que ocurrieron. Tal vez hemos lastimado a alguien, tomado una decisión equivocada o actuado de una manera que hoy no reconocemos como propia.

Pero castigarnos eternamente no modifica lo ocurrido. Tampoco necesitamos borrar el pasado para continuar viviendo. Necesitamos aprender a convivir con él. Recoger los pedazos que dejamos atrás, reconocer el daño que provocamos y asumir una responsabilidad activa sobre aquello que todavía podemos cambiar.

Porque una buena persona no es aquella que posee una brújula moral inquebrantable, sino aquella que, después de haberla quebrado en mil pedazos, tiene el valor de recoger sus fragmentos, mirar de frente el daño causado y elegir nuevamente el camino del bien. No porque haya dejado de equivocarse, sino porque comprendió que ser una buena persona no consiste en nunca caer, sino en decidir qué hacer después de haber caído.